En “la doctrina de la cruz de Cristo” (1Cor 1,18) está la clave de todo el Evangelio. La cruz es la suprema epifanía de Dios, que es amor. Por eso no es raro que la predicación apostólica se centre en la cruz de Cristo, pero hay que reconocer que la cruz de Jesús es un gran misterio, “escándalo para los judíos, locura para los gentiles; pero es fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos” (1,23-24).

La cruz es el enorme misterio de una Persona divina que experimentó la suprema humillación de la muerte y de la cruz. “Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo como víctima expiatoria de nuestros pecados” (1 Jn 4,10). La obra más santa de Dios confluye con la obra más criminal de los hombres. “En aquella hora de tinieblas, los hombres matamos al Autor de la vida” (Hch 3,14-19) y de esa muerte nos viene a todos la vida eterna. La cruz de Cristo ha sido nuestra redención. “Al precio de la sangre de Cristo, hemos sido comprados y rescatados del pecado y de la muerte” (1Cor 6,20) ya que Jesús “se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad, y purificar para sí un pueblo que fuese suyo, fervoroso en buenas obras” (Tit 2,14).

Cuando contemplamos el misterio de la cruz, vemos ante todo un signo doloroso, clavos, sangre, sufrimiento, abandono, humillación extrema, muerte, pero en realidad la señal de la cruz es la señal del cristiano porque en ella vemos el amor que Dios nos tiene y con el que nos ha redimido. La cruz es la revelación suprema del amor de Dios. Muchas cosas pueden revelar el amor: la palabra, el gesto, la ayuda, el don, pero el signo más elocuente, el más fidedigno e inequívoco del amor es el dolor. El amor del Padre es un amor capaz de sufrimiento, de dolor extremo. “Dios acreditó su amor hacia nosotros en que, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,8). Refiriéndose a su cruz, dice Jesús poco antes de padecer: “Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que según el mandato que me dio el Padre, así hago” (Jn 14,31). “Así Cristo nos ama, hasta dar su vida por nosotros, como buen pastor” (Jn 10,11), “para darnos vida eterna, vida sobreabundante” (10, 10.28), “para recogernos de la dispersión y congregarnos en la unidad” (12,51-52).

Por eso la cruz es el sello distintivo de la verdadera espiritualidad cristiana. Si un determinado camino espiritual rehúye la cruz y es ancho y espacioso no el verdadero camino de Cristo, ya que éste –el que lleva a la vida- “es estrecho y pasa por puerta angosta” (Mt 7,13-14). Jesucristo afirma: “Ya no os digo siervos, os digo amigos” (Jn 15,15). Los cristianos somos los amigos de Cristo, “elegidos por él” (15,16).

Toda la vida cristiana ha de entenderse como una amistad con Jesucristo, con todo lo que ésta implica de conocimiento personal, mutuo amor, relación íntima y asidua, colaboración, unión inseparable, voluntad de agradarse y de no ofenderse. Esa es la amistad que nos hace hijos del Padre, y que nos comunica el Espíritu Santo. No hay mejor acceso al conocimiento interno de Jesús en su pasión que intentar adentrarnos en los sentimientos que inspiran su oración sacerdotal que nos presenta san Juan en los capítulos 14 y 15, comentados por el papa Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret” .

El ritual de la fiesta de la Expiación, que era y es la fiesta central de la fe judía, está descrito en el Levítico. Esta fiesta judía es el trasfondo bíblico de la oración sacerdotal. Un trasfondo que es litúrgico y que tiene un gran simbolismo ritual. La Escritura ordena al Sumo Sacerdote que ofrezca expiación por sí mismo, por sus pecados, por su casa, por su familia, por su clase sacerdotal, y por toda la comunidad. Así “purificará el santuario de las impurezas de los hijos de Israel y de todas sus transgresiones con que hayan pecado” (Lv 16,16). Únicamente en la celebración de estos ritos, el sumo sacerdote pronuncia el nombre de Dios. Todo el ritual de esta fiesta tiene como trasfondo la Alianza. Es más, bíblicamente hay que leer el relato de la creación en la perspectiva de la Alianza que Dios hace con el pueblo elegido. Si Dios crea un mundo lo hace para llegar a pactar una alianza con su pueblo.
 


13/04/2017 09:00:00