Apadrina el Órgano


En la oración sacerdotal, Jesús rogará por sí mismo, por los apóstoles y por todos nosotros porque Él es el Sumo Sacerdote de una nueva Alianza. La oración sacerdotal presenta a Jesús como el gran sacerdote del gran día de la expiación. Su cruz, su exaltación es el día de la exaltación de toda la humanidad. Jesús se dispone a realizar todo lo que estaba anunciado en las Escrituras hasta el punto de que los mismos discípulos perciben la densidad de un ambiente cargado de emotividad. “Lo que hay que hacer hazlo rápido” le dice a Judas y cuando Judas sale del cenáculo, Jesús se explaya con sus discípulos.

El Jueves Santo es el momento en que Jesús se ofrece como víctima por nuestros pecados. Esa es su auténtica razón de ser: el cumplimiento de la voluntad del Padre. Para eso ha venido al mundo, para este momento que con tanta emoción relata san Juan Evangelista y cuya profundidad tan acertadamente destaca la Carta a los Hebreos, que es donde encontramos la teología del sacerdocio de Jesús. Jesús no nos redime por la intensidad de su sufrimiento sino por la actitud interior de donación de su propia vida. El amor es el que salva. El amor de Jesús con el que va a la cruz, con el que va a la Pasión, en cumplimiento de la voluntad del Padre. Existe una conexión íntima entre la oración sacerdotal de Jesús y la Eucaristía, que se convertirá en el memorial de aquella acción que empieza la noche de nuestra Redención.

En el coloquio en el que Jesús se explaya con el Padre el rito de la expiación se transforma en oración. La sangre de la nueva Alianza no será ya la de un cordero sino la suya propia. Como un culto moderado por la palabra, va sucediendo todo al ritmo en el que Jesús lo va anunciando. La Eucaristía empieza en el momento en que Jesús afirma “esta es la sangre derramada por vosotros”. En este preciso momento terminan los rituales vacíos de la antigua alianza, que eran simbólicos y comienza una nueva realidad mucho más densa. Es el mismo Hijo el que afirma “esta es mi sangre, la sangre de la nueva alianza”. Ciertamente esta palabra no es una palabra vacía ni una promesa que no vaya a cumplirse. “Sacrificio y oblación no quisiste, pero me has formado un cuerpo” (Hb 10,5). Con la institución de la Eucaristía Jesús transforma su padecer y su muerte en la radicalidad de un amor entregado. Por este motivo el Jueves Santo debe interpretarse a la luz de lo que ocurrirá el Viernes Santo, porque será entonces cuando se realizará en la carne la entrega total de Jesucristo.

Podemos profundizar lo que afirma Juan 17 a la luz del Canto del siervo de Yahvé de Isaías 53. Efectivamente Jesús es el siervo de Dios que carga con la iniquidad de todos y se ofrece a sí mismo como expiación. “Mi siervo tendrá éxito, crecerá y llegará muy alto. Lo mismo que muchos se horrorizaban al verlo, porque estaba tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchas naciones” (Isaías 52, 13-15).

El Papa subraya tres grandes temas de la oración sacerdotal de Jesús en la última cena: la vida eterna, la consagración en la verdad y el conocimiento del nombre de Dios.

En primer lugar, Dios es la “vida eterna”. Efectivamente el tema de la vida impregna todo el evangelio de Juan, pero la clave de su entendimiento correcto lo podemos encontrar en el diálogo de Jesús con Marta, justo antes de la resurrección de Lázaro, cuando Cristo afirma: “el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”; “El que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”. Aquí “vida eterna” no significa la vida eterna después de morir, sin la vida en sí misma, la vida sin más. Abrazar del todo la vida, vivir auténticamente, del todo, plenamente, intensamente: esa es la vida eterna. Lo específico del discípulo de Jesús es que vive auténticamente. De hecho a los primeros cristianos se les llamó en algún momento “los vivientes”. Lo característico de Jesús en su testamento es animarnos a vivir, es decir, a conocer. Y no es tampoco cualquier conocimiento. Sino “que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo”. Esa es una de las fórmulas más sencillas de la expresión de la fe. En el fondo es simplemente creer en Dios, fiarnos de Él y depositar nuestra vida en sus manos. La vida eterna es un acontecimiento relacional. No es conocer sino empaparse de Dios.


06/04/2017 09:00:00