Apadrina el Órgano


Este domingo de Resurrección es, como cada año, un día blanco. Un día en el que celebramos llenos de alegría la resurrección del Señor y la redención de los hombres. Tras el silencio y la tristeza del Viernes y Sábado Santo, comienza la fiesta más importante y más grande del cristianismo.

Es una fiesta de blanco. Blanco como color de la alegría más sincera, inmaculada de sentimientos de egoísmo o vanidad. Una alegría que fluye directamente desde el amor y no se malogra ni pierde el sabor. Es cercana, pero a la vez muy distante, a la alegría mayúscula del Cielo. También es blanco como color del perdón. Con su muerte y resurrección, el Señor nos limpia de todo pecado y abre las puertas del Cielo.

Gracias a Él, tras cada confesión volvemos a ser blancos, a empezar de nuevo sabiendo que, aunque caigamos, siempre podemos restaurar, con su ayuda, nuestro corazón. No debemos olvidar, este Domingo de Resurrección, de la importancia del sacramento de la penitencia, que nos permite reconciliarnos con el Señor y limpiarnos de todo pecado, de toda mancha. Más aún en este año de la Divina Misericordia, con el que se nos invita a vivir con especial devoción este sacramento y a dejarnos empapar de la misericordia de Dios.

En la misa del domingo de Resurrección, el sacerdote también va de blanco. Con este color, se nos recuerda todo lo anterior dicho y mucho más, y se nos ayuda a vivir un poquito mejor esta fiesta.


31/03/2016 11:35:00