Apadrina el Órgano


La fórmula de la absolución de los pecados, que el sacerdote pronuncia con las manos extendidas sobre la cabeza del penitente, subraya el carácter trinitario, pascual y eclesial propio del Sacramento de la Penitencia. Ofrece la posibilidad de esbozar una visión sintética del sacramento.

1. Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo

Como primer elemento, se hace referencia a la misericordia del Padre. El perdón de los pecados, en efecto, brota de su libre y firme voluntad de salvación con respecto al mundo entero. Toda la historia de la salvación corresponde a la realización de este único proyecto. Desde los comienzos, la historia del antiguo pueblo de Dios se configura como el lugar de la acción liberadora de Yahvé y el ámbito en el que él se manifiesta «misericordioso y compasivo, lento a la cólera, lleno de amor y de fidelidad» (Sal 86,15). El acontecimiento de la salida de Egipto y la alianza sinaítica sellan la misericordia de Dios por su pueblo: en ella él se presenta como su redentor que libera y salva, y el pueblo se convierte en pueblo santo, que en la alianza celebra el fundamento del propio vivir y de la propia identidad. Todo esto permite al cristiano reconocer la pedagogía de Dios con su pueblo. A partir de esta pedagogía el cristiano puede madurar algunas actitudes fundamentales para acercarse al Sacramento de la Reconciliación.

Puesto que brota de la fidelidad de Dios, el cristiano sabe lo importante que es «creer» en su misericordia; fuerza reconciliadora que no conoce obstáculos insuperables. Creer en esta misericordia significa volver siempre a confiarse al Padre, con la certeza de que la realidad del pecado en nosotros no es más grande que su misericordia: «aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas» (1 Jn 3,20). El deseo y la garantía de ser perdonados, el arrepentimiento, la reparación del mal causado, para el creyente son siempre posibles, porque se apoyan sobre esta inquebrantable certeza de la fe: la misericordia de Dios, dirigida a cada uno y a todo el mundo.

Esto significa que nadie se salva por sí mismo: en cuanto don incondicionado de Dios, la misericordia se pide y se acoge. Es el Padre el que reconcilia consigo, la iniciativa es, sobre todo, suya. El Sacramento del Perdón recuerda, por tanto, al cristiano pecador que él forma parte de una historia de salvación que lo precede, una misericordia en la que, por gracia, él se inserta y en ella descubre el rostro bueno del Padre, que cada vez lo vuelve a acoger en la comunión consigo en la vida de fe.

Un segundo aspecto: la misericordia tiende a la comunión. La misericordia dada por Dios reconstruye y hace más fuertes las relaciones debilitadas o interrumpidas por el pecado: envuelve al penitente abriendo al abrazo y al encuentro del Padre. El perdón, por tanto, no es simple don dispensado al pecador independientemente de su voluntad, sino que pretende mover su voluntad para que reconozca en Dios al Padre lleno de amor, un amor del que la vida de fe obtiene alimento para la conversión. La absolución de los pecados no es, por tanto, un gesto mecánico, casi mágico: es la gracia que invade al pecador abriéndole corazón, mente y voluntad para una vida de comunión con Dios.

En fin, una última reflexión: en el Sacramento de la Reconciliación el perdón de Dios llega al cristiano pecador manteniendo la mirada sobre el «mundo» entero: esto significa que la fuerza de este perdón no se agota en el encuentro con cada penitente, y tampoco con la Iglesia sola. La misericordia de Dios tiene, en efecto, un alcance universal, incluso cósmico, porque está íntimamente ligada con su voluntad de salvación, que se extiende «a toda la creación» (Mc 16,15). Como recuerda san Pablo: «también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom 8,21). La solidaridad en el pecado, que une al pecador al mundo de la corrupción, encuentra así una mayor correspondencia en la solidaridad de la gracia redentora. En ella, la voluntad del Padre se extiende con urgencia dondequiera que el pecado ejerza la esclavitud de su poder, para liberar al mundo de toda su corrupción.

Acercándose al Sacramento del Perdón, el cristiano sabe que se implica en esta acción potente: recibe el don del perdón, pero este mismo don lo compromete y lo impulsa en el proyecto de liberación que aspira a reconciliar con Dios a la creación entera. Recibiendo el perdón, el pecador arrepentido tiene fija la mirada en su Señor, escucha su Palabra y se entrega a ella para construir un mundo que, salido de esta misma Palabra, quiere volver a ella. La vida cristiana es, por tanto, continua conversión a este Dios cuyo corazón, desde siempre, se acerca a la humanidad pecadora y a este mundo en el que vive y construye.

2. Por la muerte y la resurrección de su Hijo

La solidaridad y la acogida de los pecadores son rasgos que impregnan toda la vida de Jesús, su mismo nombre significa Yahvé salva (Mt 1,21), por su vida en la historia viene el perdón de Dios: «el Hijo del hombre ha venido a dar su vida como rescate por muchos» (Me 10,45). Momento culminante de esta obra reconciliadora llevada a cabo por el Hijo de Dios es la ofrenda de su vida en la cruz, cuando para todos nosotros ha implorado y obtenido el perdón del Padre (Lc 23,33). Por tanto, es sólo en Cristo redentor como la plenitud del perdón de Dios llega al hombre y es su misterio pascual el que ocupa el centro de la historia de la salvación. De la cruz de Cristo el perdón de los pecados mana de modo permanente y continuo, y en virtud del poder del Resucitado se extiende eternamente actual en cada lugar «por muchos» (Mc 14,24).

Siendo cada sacramento una particular manifestación de la Pascua de Cristo en la historia, la redención realizada por él llega a los hombres de formas múltiples y variadas. Sacramento de la Remisión es, en primer lugar, el Bautismo, que da al hombre una vida nueva. Siendo inmersión en la muerte y resurrección de Jesús, el Bautismo introduce al cristiano en el destino salvífico de Cristo. En virtud de él lo une al nuevo pueblo, el que camina hacia la Pascua definitiva: Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz. Vosotros que en un tiempo no erais pueblo y que ahora sois el Pueblo de Dios, de los que antes no se tuvo compasión, pero ahora son compadecidos (1 Pe 2,9-10).

Para el bautizado todo esto comporta un modo nuevo de vivir: «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,4). La nueva vida bautismal no anula, sin embargo, la fragilidad de la naturaleza humana, por eso el camino del cristiano está marcado todavía por la dolorosa experiencia del pecado y exige la continua renovación del perdón de Dios en el Sacramento de la Reconciliación. En él la victoria de Cristo sobre el pecado se hace histórica y visible para cada uno a través de la Iglesia. El repetirse de la celebración de este Sacramento de curación muestra toda la capacidad renovadora de este dinamismo de salvación, con el que Dios se ha adentrado irreversiblemente en la historia humana con la encamación, la muerte y la resurrección de Jesús.

Reconciliado con Dios en Cristo, el bautizado es así un hom¬bre continuamente transfigurado por la Pascua del Señor, que constituye su punto final, a partir del cual empieza a vivir «en», «con» y «para» Cristo (cf. Ef 2,10; Col 3,3; Rom 6,8; Flp 1,6). La relación con Cristo se convierte en constitutiva de su existencia y, a partir de ella, se comprende a sí mismo, la humanidad, el mundo, la historia. Iluminado por la fe y vivificado por el amor que proceden de la Cruz gloriosa del Señor, hecho libre y valiente ante todos y todo y, precisamente por eso, evangélicamente protagonista y responsable en la Iglesia y en el mundo. Movido por la fe, el creyente aprende no sólo a ver a Cristo en el hombre abriéndose así a la caridad solidaria, sino también a ver al hombre «en Cristo», captando en él su plenitud y comprometiéndose en su desarrollo integral.

3. Y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados

La remisión de los pecados, realizada por la muerte de Jesús en la Cruz, llega a cada cristiano en virtud del Espíritu Santo, derramado por Dios por medio del Resucitado. Es el Espíritu, en efecto, el que realiza en la comunidad cristiana la eficacia de la Pascua de Jesús. De lo contrario, esta sería un acontecimiento del pasado, alejada en el tiempo, y no podría actualizarse en el signo sacramental para ser comunicada a los creyentes. El Espíritu Santo, por tanto, aparece como fuerza operante que permite el cumplimiento del proyecto salvífico del Padre realizado por el Hijo.

Los evangelios muestran que el Espíritu de Dios, o sea, la vida y el poder de Dios mismo, actúa antes de nada en Jesús, en su vida terrena. A partir del bautismo en el Jordán (Mt 3,13-17 par.) Jesús comienza su ministerio público y lo continúa caracterizándolo con el vínculo íntimo y pleno con el Espíritu, que es Dios como el Padre. En la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16-19) Jesús proclama que se realiza en él la profecía de Is 61,1-2: es el consagrado y enviado por el «Espíritu del Señor», encargado de llevar a los pobres la alegre noticia, de proclamar a los prisioneros la liberación, de devolver a los ciegos la vista y de poner en libertad a los cautivos, inaugurando «el año de gracia del Señor».

De este modo, toda la actividad de Jesús está bajo el signo del Espíritu Santo. El mismo Espíritu es dado por el Resucitado a su comunidad. En cuanto fuerza de Dios vivificante y principio de nueva creación vive en la Iglesia y la capacita para cumplir la misión confiada por el Señor. Confiere a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, llevando a cumplimiento en la Iglesia y por medio de ella, la obra de Cristo, tendente a la reconciliación entre el hombre y Dios. De este modo, el Espíritu une íntimamente al bautizado con Cristo y, al mismo tiempo, a los creyentes entre sí en la Iglesia. En el ritual del Sacramento de la Penitencia, el papel del Espíritu Santo está muy subrayado, se menciona repetidamente, mostrando que toda la acción celebrativa está bajo su signo: antes, durante y tras la celebración, el Espíritu acompaña y actúa siempre tanto en el penitente como en el ministro del sacramento.

Ante todo, el Espíritu Santo está en el origen del camino de conversión, puesto que exhorta al pecador a arrepentirse y a volver al Señor. Realiza en él lo que ya invocaba el salmista: «¡Oh Dios, haznos volver, y que brille tu rostro, para que seamos salvos!» (Sal 80,4). El Espíritu, que el himno del Veni Creator proclama «luz del intelecto y llama ardiente en el corazón», concede, además, el don de hacer la verdad en la propia conciencia y, junto a esto, da la certeza de la remisión de los pecados. Por eso, al acoger al pecador, el sacerdote le recuerda la presencia operante del Espíritu Santo en él y en la Iglesia: «La gracia del Espíritu Santo ilumine tu corazón, para que puedas confesar con fe tus pecados y reconocer la misericordia de Dios».

Esta admonición, propia de la cuarta fórmula, muestra que para el penitente no se trata solamente de discernir los pecados, sino de llegar a la metánoia, la transformación del corazón. Al ser una acción movida por el Espíritu de Verdad, que es también Espíritu de Amor, en la intimidad de la conciencia la comprobación de la propia vida se convierte, al mismo tiempo, en un nuevo comienzo, en el que se dispensa generosamente la gracia del amor hacia Dios y hacia los hermanos. Desde el momento en que el ministro del Sacramento actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia, el Espíritu Santo extiende su acción también sobre él: «El sacerdote y el penitente prepárense a la celebración del sacramento ante todo con la oración.

El sacerdote invoque el Espíritu Santo para recibir su luz y caridad» (Praenotanda, n.15). Con «luz» y «caridad» se quiere reconocer como dones del Espíritu el discernimiento y la misericordia. Es el mismo Ritual de la Penitencia el que aporta ulteriores preci¬siones sobre esto: Para que el confesor pueda cumplir su ministerio con rectitud y fidelidad, aprenda a conocer las enfermedades de las almas y a aportarles los remedios adecuados; procure ejercitar sabiamente la función [...]. El discernimiento del espíritu es, ciertamente, un conocimiento íntimo de la acción de Dios en el corazón de los hombres, un don del Espíritu Santo y un fruto de la caridad [...]. Al acoger al pecador penitente y guiarle hacia la luz de la verdad cumple su función paternal, revelando el corazón del Padre a los hombres y reproduciendo la imagen de Cristo Pastor. Recuerde, por consiguiente, que le ha sido confiado el ministerio de Cristo, que para salvar a los hombres llevó a cabo misericordiosamente la obra de la redención y con su poder está presente en los sacramentos (Praenotanda, n. 10). Puesto que la remisión de los pecados es realizada por el Espíritu Santo, el ejercicio de este ministerio no puede ser más que inspirado, sostenido y guiado por el mismo Espíritu. De este modo, el Sacramento de la Penitencia se presenta como una manifestación privilegiada de la presencia del Espíritu en la Iglesia, para que el diseño de salvación alcance en la historia su plenitud: es una «maravilla de la salvación».


07/04/2016 09:00:00