Apadrina el Órgano


4. Te conceda, por el ministerio de la Iglesia

La remisión de los pecados, obtenida por la muerte y resurrección de Cristo, adquiere eficacia en el tiempo en virtud de la acción del Espíritu Santo y llega al cristiano pecador en la Iglesia y por medio de la Iglesia. La dimensión eclesial del Sacramento es constitutiva, aunque cueste comprenderlo: todavía hoy muchos, en efecto, entienden el pecado como algo exclusivamente individual. Puesto que el Sacramento de la Penitencia celebra la misericordiosa oferta de amor de Dios hacia el hombre y la respuesta de amor del pecador arrepentido hacia Dios, la acción mediadora de la Iglesia se desarrolla en ambas direcciones. Además, puesto que el perdón se realiza «en Cristo» y «en la Iglesia», la vuelta a Dios es también retomo a la comunidad eclesial.

En la Lumen gentium, el Concilio Vaticano II trata de la reconciliación entre pecador e Iglesia afirmando su simultaneidad con la reconciliación con Dios. En este documento, el primero en tratar oficialmente este tema, la Iglesia es descrita como comunidad vivificada por el Espíritu Santo, para la que el pecado es siempre contradicción que hiere su naturaleza. La acción del Espíritu se extiende, por eso, hasta reconducir al pecador arrepentido a la plenitud de la comunión eclesial, reconstruyendo la integridad de la comunión violada: «Quienes se acercan al sa¬cramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y la oración» (LG 11).

El Catecismo de la Iglesia Católica retoma este tema: Este sacramento reconcilia con la Iglesia al penitente. El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la Penitencia la repara o la restaura. En este sentido, no cura solamente al que se reintegra en la comunión eclesial, tiene también un efecto vivificante sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus miembros (CIC 1469). El carácter absolutamente extensivo de la reconciliación obrada por Dios fue particularmente puesto en evidencia por Juan Pablo II. Esta reconciliación, en efecto, repara múltiples rupturas causadas por el pecado, desde la intimidad del pecador hasta tocar su relación con lo creado: Hay que añadir que tal reconciliación con Dios tiene como consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que reparan las rupturas causadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en el fondo más íntimo de su propio ser, en el que recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él de algún modo; se reconcilia con la Iglesia; se reconcilia con toda la creación (Reconciliatio etpaenitentia, 31).

El contexto eclesial ayuda también a comprender mejor por qué la remisión de los pecados está ligada a la absolución del ministerio sacerdotal. El Sacramento de la Reconciliación, en efecto, implica antes que nada el ejercicio sacerdotal de toda la Iglesia: tanto del sacerdocio común como del sacerdocio ministerial. El sacerdocio común de los fieles es ejercido, en primer lugar, por el propio penitente: no vive pasivamente la reconciliación, sino que, empujado por la gracia, coopera activamente en la propia conversión y en la plena reinserción en la comunión de la Iglesia. Tampoco la comunidad eclesial sufre pasivamente la reintegración del penitente, sino que concurre a su conversión «con la caridad, el ejemplo y la oración» (LG 11).

Toda la Iglesia, por eso, ejerce el propio sacerdocio común para obtener la reconciliación y el perdón de los propios hijos pecadores. En este sentido, los apoyos que ofrece como la corrección, el discernimiento, la ayuda y el estímulo en el camino penitencial, son expresiones preciosas de su «caridad» porque ayudan a la reincorporación en la caridad eclesial. El ejercicio del sacerdocio común exige, sin embargo, el ejercicio del sacerdocio ministerial que, de hecho, está a su servicio. Como ministro de la Confesión el sacerdote dispensa la gracia sacramental «en Cristo» y «en la Iglesia», dos determinaciones que clarifican el ejercicio de su ministerio y, al mismo tiempo, trazan sus límites.

Actuando «en nombre de Cristo y con la fuerza del Espíritu Santo» (Praenotanda, 9), el ministro se pone al servicio de la palabra del Señor, puesto que lleva a cabo el mandato sobre el perdón de los pecados que Cristo confió a los Apóstoles y a sus sucesores. Es el obispo, por tanto, el moderador de la disciplina penitencial y el poseedor del ministerio de la reconciliación, que administra confiándolo también a los sacerdotes, sus colaboradores. Se trata, sin embargo, de un poder que no puede, de ningún modo, ejercerse de modo arbitrario, sino en conformidad con las enseñanzas y la intención de Cristo. Por esto, el confesor no es dueño, sino servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo (cf. CIC 1466a). Al mismo tiempo, el sacerdote actúa también «en el nombre de la Iglesia», al servicio de aquella comunión eclesial a la que conduce la reconciliación con Dios.

Se sigue de aquí que el ejercicio del ministerio de la reconciliación tiene que ser llevado a cabo en comunión y en sintonía con la Iglesia y con su magisterio. Por esta razón el Catecismo recomienda que el ministro: Debe tener un conocimiento probado del comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y delicadeza con el que ha caído; debe amar la verdad, ser fiel al magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia su curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él confiándolo a la misericordia del Señor (CIC 1466b).

5. El perdón y la paz

La paz es el resultado final de la acción salvífica que se de¬riva de la misericordia del Padre. Es fruto del perdón y de la reconciliación con Dios obtenidos mediante la confesión de los propios pecados. No se trata simplemente de la paz psicológica que el penitente puede advertir, después de haber «aligerado» el corazón del peso de las propias culpas, sino de la paz bíblica, don de Dios, signo visible de su alianza. Es la paz «nueva» que tiene sus fundamentos en la muerte y resurrección de Jesús y que su¬pera todo desgarro con Dios y con los hermanos. Es la paz que el Espíritu Santo infunde en los discípulos del Señor dándoles valentía y vitalidad para el anuncio y el testimonio del Evangelio. En el largo discurso de despedida (Jn 13-17), Jesús une el don de la Paz a la acción del Espíritu Santo consolador (Jn 14,25- 31).

El Espíritu «enseñará todo» y esta enseñanza está íntimamente ligada a la enseñanza de Jesús: él, en efecto, «os recordará todo lo que os he dicho» (Jn 14,26). La tarea del Espíritu es la de continuar y mantener viva en la historia la revelación de Jesús, no para que añada cosas nuevas, sino para que profundice continuamente la comprensión de la revelación. Su acción permite a cada comunidad cristiana vivir en el propio tiempo la fidelidad al Evangelio. El pecador arrepentido y perdonado es, por tanto, alcanzado por el don de la paz, reflejo de la salvación escatológica y definitiva que Dios ofrece a la humanidad en Cristo Jesús y realmente comunicada a él por la gracia sacramental. Es esta paz la que sostiene al cristiano en las vicisitudes de la vida y en las pruebas que encuentra en su testimonio de la fe: es «su paz», la de Cristo, anunciada por el Evangelio y transmitida por el Espíritu Santo.

La riqueza de esta salvación es descrita en el evangelio de Juan como una realidad con muchas y complementarias facetas: es «verdad», «luz», «vida», «paz» y «alegría». Es a todo esto a lo que introduce el perdón de Dios. Envuelto por la misericordia del Padre, alcanzado por el misterio pascual de Cristo, sostenido por la fuerza del Espíritu Santo, el pecador arrepentido se dispone a recibir la absolución de los pecados que lo introduce en la paz de Dios.

6. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

El gesto de la imposición de las manos con el que el sacerdote acompaña las palabras de la absolución está significando la efusión del Espíritu Santo para la remisión de los pecados, la reconciliación y la comunión con el Señor. El Sacramento de la Penitencia, en efecto, no realiza sólo la «cancelación» de los pecados: también llega finalmente a suscitar en quien lo recibe la voluntad de cambiar de mentalidad y orientación de vida, un camino de conversión que sólo el Espíritu Santo puede poner en marcha y sustentar.

Las palabras de la absolución están cargadas de solemnidad y autoridad. El yo inicial en posición enfática subraya que el que está hablando no lo hace en nombre propio, sino como depositario de aquella autoridad de perdonar los pecados que el Señor confió a los Apóstoles y a sus sucesores, expresa también la fe y la participación de toda la Iglesia, que está implicada en la reconciliación del penitente, sobre todo afirma que la sentencia de la absolución no es una simple declaración del perdón de Dios: es palabra eficaz que perdona los pecados, porque en ella y en unión con el ministro, actúan y, de hecho están actuando, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El penitente se halla así realmente inmerso en la acción salvífica de Dios, que lo regenera a la gracia del Bautismo.


14/04/2016 09:00:00