Apadrina el Órgano


San Ireneo de Lyon nació en Esmirna hacia el año 130; fue presbítero de la iglesia de Lyon y su muerte hay que datarla después del 185, en la época inmediatamente posterior a la de los Padres apostólicos. El mejor modo de conocer la obra de San Ireneo es acercándonos a lo que él dice de sí mismo o a lo que nos aporta Eusebio de Cesárea de su biografía. Atenágoras de Atenas, Melitón de Sardes, Apolinar de Hierápolis, o el famoso adversario Celso, fueron todos contemporáneos suyos.

San Ireneo vivió durante una buena época del imperio romano, aunque durante ese período tuvo lugar el martirio de San Justino y otros compañeros, ya que la aceptación de los cristianos era relativa y dependía de la situación de cada provincia.

En cuanto a su obra, San Ireneo proclama un optimismo cósmico en contra del concepto pesimista de la doctrina gnóstica de las emanaciones divinas. Los eones eran como emanaciones concéntricas de las cuales el hombre se aparta al pecar cayendo en el mundo sensible del cual el iniciado debe alejarse para elevarse a las regiones superiores de la luz.

La teología de San Ireneo estuvo centrada en el campo ético, especialmente en la polémica de la lucha entre el bien y el mal, de modo que no se manifiesta como un apologeta, sino como un teólogo que intenta exponer con claridad su fe. Aunque tenemos un cierto conocimiento de las verdades internas del ser de Dios, no poseemos una visión total de su esencia. El depósito de la Revelación se nos asegura por tradición, y como criterio supremo de verdad se nos da la comunión con la comunidad romana, fundamentada en la autoridad de los obispos, sucesores de los Apóstoles. No en balde, y por razones doctrinales, San Ireneo se esforzó en determinar la línea sucesoria de los papas.

En la teología de San Ireneo, la Revelación es misteriosa pero no esotérica. Aunque Dios sea misterioso se nos ha revelado en el Logos encarnado que es Cristo, el único hombre verdadero y perfecto en el cual, como en un nuevo Adán, se recapitulan todas las cosas. Al final del mundo, el Logos, que es el poder de Dios venido a la tierra, volverá a su fuente que es el Padre, y así Dios será todo en todos. Tampoco la perfección es una conquista del hombre, fruto de una iniciación, sino fruto de la caridad que es don de la gracia.

San Ireneo nos ofrece una doctrina serena y objetiva, como fruto maduro de un teólogo original y, al mismo tiempo, fiel a la enseñanza apostólica. San Justino fue apologeta; Clemente de Alejandría un gran pedagogo cristiano; Tertuliano representa el mundo jurídico romano; Orígenes fue un teólogo místico por excelencia, pero San Ireneo, que precede o acompaña a estos personajes, es el gran constructor de la teología y la espiritualidad cristiana.


20/04/2017 09:00:00